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Posts Tagged ‘Cuentos tradicionales’

¡Menudas vacaciones nos hemos pegado! Pero como ya es hora de volver al blog, aquí traemos un cuento típico del invierno, conocido en japonés como Kasajizō. Se dice que hace mucho tiempo, en las afueras de una pequeña aldea, vivían un hombre anciano y su esposa. Un día, cuando ya se acercaba el año nuevo, la mujer miró el saco de arroz que guardaban y se dio cuenta de que ya casi no quedaba comida. La nieve era tanta que cubría todos los cultivos de la hierba que usaban para fabricar sombreros, así que tuvieron que echar mano del poco material que les quedaba y hacer los que pudieran. Quizás no lograrían elaborar muchos, pero necesitaban cuantos fuera para poder venderlos en el pueblo y así conseguir dinero para el arroz.

Al terminar la labor, el anciano se despidió de su esposa y partió hacia la aldea. Por el camino se encontró con una hilera de estatuas de Jizo, el buda protector de los niños, que tenían las cabezas cubiertas por la gruesa nieve. Sintiendo lástima por ellas, el hombre dedicó unos minutos a limpiarlas para estuvieran en condiciones. Al llegar a la aldea, comprobó que las calles estaban abarrotadas por las festividades del Año Nuevo, pues todos estaban haciendo los últimos preparativos. El viejo señor pensó que tendría suerte con las ventas, y eligió una calle para ofrecer su mercancía. Gritó y gritó, pero finalmente, no hubo nadie que le comprara ni un solo sombrero.

Poco a poco, las calles se fueron vaciando y cayó la noche. Derrotado, el sombrero decidió volver a casa, triste por tener que darle la mala noticia a su mujer. De nuevo, reparó en la presencia de las estatuas y se lamentó por no tener nada que ofrecerles en un día tan festivo. Al acercarse, vio que volvían a estar cubiertas de nieve, así que limpió de nuevo las cabezas y se disculpó por no poder realizarles una ofrenda. En ese momento, pensó que en su lugar les dejaría los sombreros para que no se ensuciaran más. El anciano fue colocando los sombreros uno a uno muy contento por la idea, pero pronto se dio cuenta de que sólo tenía cinco y las estatuas eran seis. Meditó un poco y decidió que dejaría su pañuelo a la sexta estatua, para que no fuera la única que se cubriera por la nieve.

Al llegar a casa, su esposa se emocionó mucho al ver que no llevaba nada, pero el afligido marido tuvo que disculparse por su falta de éxito. Le explicó toda la historia y cómo le había dejado los sombreros a los budas, a lo que ella respondió con una sonrisa pensando que había sido un gesto muy considerado. La señora se levantó para hacer la cena con unos pocos encurtidos y dar así la bienvenida al nuevo año, cuando de pronto alguien llamó a la puerta anunciando una entrega. Sorprendidos, abrieron la puerta y no encontraron al mensajero, sino una gran cantidad de hortalizas, dulces y varios sacos de arroz. Una nota acompañaba a los manjares: “Estimado señor, muchas gracias por los sombreros. Le dejamos estos regalos por su amabilidad. ¡Tengan ustedes un buen año nuevo!”. La anciana pareja rio feliz por la comida recibida, y aún rieron más al ver que a lo lejos se divisaban las sombras de cinco figuras con sombrero y otra con un pañuelo en la cabeza, que se dirigían al camino donde probablemente residían.

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Érase una vez, en una lejana aldea de montaña, un viejo labrador y su mujer. El anciano trabajaba el campo todos los días, así que en una de sus habituales salidas, se sorprendió al encontrar a un perrito herido que gimoteaba. El pequeño había sufrido malos tratos del detestable viejo que vivía en el campo de al lado, así que sintiendo lástima por él, el hombre decidió quedárselo y le dio el nombre de Shiro. La pareja de ancianos cuidaron muy bien del perro, y éste a cambio les ayudaba con las tareas del campo. El can fue creciendo y al poco tiempo se había convertido ya en un ejemplar bien grande.

Un día, Shiro llevó a su amo hasta una montaña cercana, y cuando llegaron a la cima, ladró para indicar que cavara con su azada. El hombre así lo hizo, y cuál fue su sorpresa al descubrir que del suelo salían montones de monedas de oro, que parecían no terminarse nunca. Cuando el vecino se enteró, fue a verle y le pidió que le dejara a Shiro. Cogió al animal por el pescuezo y le obligó a indicarle dónde tenían que cavar él y su esposa para volverse ricos también. Asustado, los llevó hasta la montaña, y allí les señaló un lugar en medio de llantos lastimeros. Los dos viejos avariciosos empezaron a quitar la tierra, pero en vez de monedas sólo salieron bichos y serpientes, así que enfadados por el engaño del perro, lo mataron allí mismo.

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Érase una vez un joven llamado Yosaku que al no tener granja, se dedicaba a viajar de pueblo en pueblo ayudando a otros granjeros y viviendo de las verduras que le regañaban por su trabajo. Como tampoco tenía casa, dormía en los templos, y allí rezaba cada noche a Kannon, diosa de la misericordia. Un día, la diosa se apareció ante él mientras dormía, y le dijo: “Despierta, Yosaku. Eres un hombre admirable, no te quejas de tu pobreza y ayudas siempre a los demás, así que voy a concederte la felicidad. Lo primero que toques mañana te otorgará grandes recompensas”. Y con estas palabras, la diosa desapareció.

Al día siguiente, según salía a trabajar, Yosaku se tropezó con una piedra y cayó al suelo. Al levantarse se dio cuenta de que tenía en su mano una brizna de paja, y empezó a pensar en las palabras de Kannon. De pronto, una gran mosca empezó a revolotear delante de su cara, así que molesto la cogió y la ató con la paja, llevándola como quien pasea a un perro. Un niño rico que pasaba por la calle lo vio y, entusiasmado, le dijo a su cuidador que también quería una mosca. El joven le ofreció la suya, y a cambio recibió tres naranjas por las molestas. Feliz por el intercambio, no tardó en ver a una anciana algo maltrecha. “¡Qué calor! ¡Tengo tanta sed que creo que me voy a desmayar!”. Yosaku decidió regalarle las naranjas para ayudarla, y muy agradecida, la mujer le dio un rollo de tela de seda tejida a mano.

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Hace mucho tiempo, en una tierra lejana, vivía un hombre solitario. Un día, mientras trabajaba en su granja, una grulla muy hermosa cayó del cielo y se estrelló justo delante de él. El hombre se dio cuenta de que tenía una flecha clavada en una de las alas, y sintiendo lástima por el animal, se la quitó y le limpió la herida. Gracias a sus cuidados, la grulla pronto pudo volver a volar. El hombre se despidió diciendo «Ten cuidado con los cazadores». La grulla voló haciendo tres círculos sobre su cabeza, graznó en señal de agradecimiento y se marchó.

Cuando ya se hizo de noche, el hombre volvió a casa, pero al llevar se sorprendió al encontrar a una joven muy hermosa delante de la puerta. «Bienvenido, soy tu esposa», dijo la mujer. El hombre se sorprendió mucho, y le respondió «Lo siento, soy muy pobre y no creo que pueda mantenerte». Señalando a un pequeño saco que llevaba, ella le contestó «No te preocupes, yo tengo mucho arroz». El hombre no salía de su asombro, pero los dos empezaron una vida muy feliz juntos, y el saco de arroz siempre estuvo lleno.

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Y siguiendo con el  tema de los espíritus, hoy nos gustaría hablar de Banchō Sarayashiki, “La mansión de los platos en Banchō”, una historia de fantasmas japonesa sobre un amor traicionado que lleva a un destino fatal. La historia de la joven Okiku y los nueve platos es una de las más famosas del folklore japonés y continúa igual de popular entre la gente de hoy en día. Los orígenes del cuento son desconocidos, pero se sabe que apareció por primera vez con este título en julio de 1741, en el teatro Toyotakeza. Más tarde se adaptaría a varias obras de bunraku y kabuki.

Cuenta la historia que había una vez una hermosa sirvienta llamada Okiku que trabajaba para un samurái llamado Tessan Aoyama. Okiku solía rechazar sus declaraciones amorosas, así que la engañó para que creyera que le había perdido uno de los diez preciados platos que poseía su familia. Normalmente, un crimen así resultaría en la muerte. Presa del miedo, Okiku empezó a contar y a recontar los nueve platos varias veces, pero al final no logró encontrar el décimo plato y fue a ver a Aoyama entre lágrimas. El samurái le ofreció hacer la vista gorda si accedía a convertirse en su esposa, pero ella se negó una vez más. Enfurecido, Aoyama la lanzó a un pozo cercano para que muriera. Se dice que Okiku se convirtió entonces en un espíritu vengativo que atormentaba a su asesino contando hasta nueve y profiriendo entonces un grito de agonía por no encontrar el décimo plato perdido. En algunas versiones de la historia, se cuenta que el tormento continuó hasta que un exorcista dijo “diez” en voz alta al final de su cuenta. El fantasma, aliviado de que por fin alguien hubiera encontrado el plato por ella, dejó de abrumar al samurái.

Siendo tan popular, la historia ha recibido muchas variaciones según el lugar y la época en que se contaba, ya fuera dentro o fuera del teatro. Una de las más conocidas es la del escritor Kido Okamoto, que reformula toda la premisa convirtiendo la obra en una historia de amor, más que en una de terror. Por supuesto, tampoco se ha visto exenta de ser un tema recurrente para los artistas de ukiyo-e. En 1830, el mismísimo Katsushika Hokusai la incluyó en su serie Hyakumonogatari, dedicada a plasmar imágenes de distintos espíritus e historias de miedo. Tal es el dibujo que encabeza esta entrada. Así mismo, también forma parte de la colección “Nuevas formas de 36 espectros”, de Yoshitoshi Tsukioka, que copiando a Okamoto representa a Okiku como un personaje digno de lástima y no como uno terrorífico.

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Un hombre ya viejo estaba haciendo su paseo habitual por las montañas para recoger leña cuando de pronto se encontró con un gorrión herido que pedía ayuda. Sintiendo lástima por la pobre criatura, el hombre se lo llevó a casa y le dio arroz para intentar que se recuperara. La mujer del anciano, mala y avariciosa como ella sola, se molestó al ver que su marido desperdiciaba la valiosa comida que tenían en un animal. Sin embargo, el viejo siguió cuidando del pajarillo.

El hombre tuvo que volver un día a la montaña y dejó al gorrión a cargo de la vieja, quien por supuesto no tenía ninguna intención de alimentarlo. Después de que su marido se marchara, ella salió a pescar. Mientras estaba fuera, el gorrión encontró una rendija en el saco y se comió todo el arroz que había dentro. Cuando volvió y descubrió el festín que se había dado el pájaro, la vieja se enfadó tanto que le cortó la lengua y lo envió de vuelta a la montaña de donde vino.

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Jinbei, un pobre chatarrero, escuchó un gran vocerío en su camino a casa después de otro día de trabajo. Al girarse, vio a varios chicos molestando a una niña, que corría despavorida de sus asaltantes. El chatarrero les regañó por su conducta y logró que se fueran, pero justo cuando iba a tranquilizar a la niña, ésta había desaparecido. Jinbei siguió su camino extrañado, pero decidió no darle importancia al asunto y pronto se encontró con el sacerdote del templo budista que había en la zona. Charló con él un rato y el monje le pidió que si se encontraba con alguna tetera bonita, no dudara en ir a vendérsela, tras lo cual ambos se despidieron.

Ya en casa, Jinbei empezó a ordenar todos los trastos que había conseguido. Tenía la costumbre de recoger todo lo que encontraba, incluso las cosas que sabía que no se venderían, con lo que su casa estaba siempre abarrotada por todo tipo de objetos a pesar de ser tan pobre. Al terminar, el chatarrero se fijó en una tetera que había en un rincón. Aunque muy bonita, no recordaba cuándo la había conseguido, pero entonces se acordó de que el sacerdote estaba buscando una y decidió ir al templo para vendérsela. El sacerdote vivía en lo alto de una colina muy empinada, y el esfuerzo estaba agotando a Jinbei, que iba cargado con la pesada tetera. «Qué subida tan dura», dijo, y justo entonces alguien pareció responderle desde atrás. «Ánimo, ya casi has llegado, sólo queda un poquito más». Al volverse, Jinbei descubrió con sorpresa que la tetera que llevaba a la espalda no era tal, sino un tanuki disfrazado. «Soy la niña a la que salvaste antes, deja que te ayude como agradecimiento».

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