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Posts Tagged ‘Kojiki’

Como en anteriores ocasiones, aprovechamos esta fiesta tan señalada para recomendar algunos libros de autores japoneses, y más ahora que la oferta en las librerías se está ampliando cada vez más. Así pues, aquí os dejamos con cinco sugerencias para sumergirse en los encantos y la filosofía nipones, aunque hay muchos otros que también podéis encontrar y disfrutar. Os animamos a que les deis una oportunidad y a que nos dejéis un comentario recomendando otros que hayáis leído ya.

· La vida de Budori Gusko (Kenji Miyazawa, Satori Ediciones)

Las vidas del pequeño Budori y su hermana Neri cambian por completo cuando sus padres caen gravemente enfermos. Solos en el bosque de Ihatov intentarán sobreponerse a las desgracias con la ayuda de una serie de excéntricos y misteriosos personajes que se van cruzando en su camino. Budori Gusko vivirá inolvidables aventuras y hallará sentido a su vida llegando a convertirse en un héroe que salvará al mundo.

Un imprescindible del siempre bienvenido Kenji Miyazawa, que una vez más nos trae un cuento lleno de simbolismo y de amor por el medio ambiente. Se trata, además, de otra de las historias que transcurren en Ihatov, el mundo de fantasía que ideó y que es escenario de varias de sus obras más conocidas, y ha sido adaptada recientemente a una película de animación. Como aliciente, el libro incluye otros cuatro relatos: «La estrella Chotacabras», «Las bellotas y el gato montés», «Obbel y el elefante» e «Historias de un espíritu», todos ellos igual de interesantes y memorables, poniendo de manifiesto el gran talento del autor.

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El nue es una misteriosa criatura que tiene cabeza de mono, cuerpo de mapache, patas de tigre y cola de serpiente. En ocasiones se le ha representado también como un pájaro, quizás por su distintivo graznido, que es muy parecido al del mirlo montañero. Se desplaza convertido en una nube negra, que deambula por los cielos llevando la desgracia y la enfermedad a los lugares que visita. En cualquier caso, su nombre es sinónimo de engaño y malestar.

La historia más famosa sobre el nue se describe en Heike Monogatari (“La historia de Heike”) y tiene lugar en el año 1153, en el palacio imperial de Kyoto. El emperador Konoe empezó a tener unas pesadillas horribles todas las noches, hasta el punto de caer enfermo, y parece que el origen de sus malos sueños era una nube negra que siempre aparecía sobre el tejado de palacio alrededor de las dos de la noche. Un día, el guerrero Yorimasu Minamoto decidió enfrentarse al problema y subió al tejado para disparar una flecha a la nube, de la que acabó cayendo el cuerpo de un nue. Se dice que luego lanzó el cadáver al mar y cuando llegó a la costa, los lugareños lo enterraron, temiendo una posible maldición. La historia fue muy famosa durante la época feudal, y el poeta Zeami Motokiyo escribió una canción en 1435 que relataba los hechos de forma más lírica.

La palabra “nue” aparece en algunos de los libros más antiguos de Japón, entre ellos el Kojiki. Sin embargo, según la escritura de la época, su nombre se escribía entonces como “nuye”, y hacía referencia a un pequeño pájaro de Asia. Desde entonces, el concepto que evoca este vocablo ha ido evolucionando y tomando nuevas formas, hasta terminar con la acepción actual. Debido a su forma inusual, el término se emplea también para describir a gente sospechosa, representando así la idea de que son como la mítica bestia, que no ayuda a discernir de qué animal se trata.

Escena de Yorimasu Minamoto matando al nue en el tejado

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Hoy damos un gran salto en el tiempo para conocer a una de las figuras más importantes del folclore histórico japonés. El príncipe Yamato Takeru, nacido con el nombre de Ōusu, fue un legendario príncipe japonés del clan Yamato, así como un respetado monarca que tradicionalmente se considera como el duodécimo Tennō o emperador de Japón. Su historia se narra en las crónicas del Kojiki y el Nihon Shoki. Uno de sus hijos se convirtió más tarde en el emperador Chūai, el supuesto 14º emperador del país. Al igual que con Jimmu, su existencia histórica es incierta, pero los libros anteriormente citados fechan su vida alrededor del siglo cuarto antes de Cristo. Existen diferentes detalles entre los dos libros, pero se asume que la versión del Kojiki es la más fiel de la leyenda.

El príncipe Ōusu mató a su hermano mayor y su padre, el emperador Keikō, tuvo miedo de su brutal temperamento, por lo que trazó un plan para que muriera en batalla y lo envió a la provincia de Izumo. Sin embargo, el príncipe logró derrotar a sus enemigos, siendo una anécdota notable el hecho de que se disfrazara como sirvienta en una fiesta para infiltrarse y acabar con varios de ellos. Uno de los enemigos derrotados lo elogió y le dio el título de Yamato Takeru, que significa “el valiente de Yamato”, pero la decisión del emperador Keikō no cambió. Keikō envió a Yamato Takeru a las tierras de zona oriental, cuyo pueblo había desobedecido a la corte imperial. Allí el joven conoció a su tía, la princesa Yamato, que era la más alta sacerdotisa de Amaterasu en la provincia de Ise.

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Como comentamos en una entrada anterior, el dios Ninigi se casó con la princesa Konohana Sakuya y juntos tuvieron tres hijos, de nombres Hoderi, Hosuseri y Hoori. Hoderi vivió como pescador en alta mar, mientras que su hermano Hoori prefirió marcharse a las montañas para vivir de la caza. Un día Hoori le propuso a su hermano cambiar sus trabajos por un día. Hoori intentó pescar, pero no consiguió ningún pez, y lo que era peor: había perdido la caña que su hermano le había prestado. Hoderi acusó a su hermano de ser un inútil y no aceptó sus disculpas.

Mientras Hoori estaba sentado en la playa pensando perplejo en la situación, su amigo Shiotsuchi le dijo que se embarcara en un navío llamado Manashikatsuma y fuera hacia donde iba la corriente. Siguiendo su consejo, Hoori llegó a la casa de Watatsumi (o Ryuujin, como también le llaman). Allí conoció a Otohime (también conocida como Toyotama), la hija de Watatsumi, y se casó con ella. Después de tres años de feliz matrimonio, recordó la historia con su hermano y la caña de pescar y le contó a Watatsumi su problema.

El suegro encontró pronto la caña en la garganta de un besugo gigante y se la entregó a Hoori. Watatsumi le dio también dos esferas mágicas: Shiomitsutama, que podía causar una inundación, y Shiohirutama, que podía causar una bajada de la marea para que él y su esposa pudieran volver a tierra firme. Cuando Toyotama dio a luz a su hijo, le pidió a Hoori que no asistiera al parto. Sin embargo, lleno de curiosidad, su marido echó un vistazo y la vio transformarse en un dragón marino en el momento en que nacía su hijo Ugaya.

Consciente de que su marido había visto su verdadera forma, Otohime desapareció en el mar y no volvió jamás, no sin antes confiarle a su hermana Tamayori el cuidado de ambos, esposo e hijo. Ugaya se casó con su tía Tamayori y tuvieron cinco hijos, de entre los que destaca Kamuyamato-Iwarebiko, más tarde conocido como Jimmu, el primer emperador de Japón. Hoori volvió a tierra firme y gobernó la zona de Takachiho, actual provincia de Hyuga.

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Mucho tiempo después de la aventura de Ōkuninushi, Amaterasu le pidió a su nieto Hikono-no-Ninigi que gobernara el mundo terrenal y le otorgó los tres tesoros sagrados que poseía: el collar de magatama (Yasakani-no-Magatama), el espejo de bronce (Yata-no-Kagami) y la espada que le entregó su hermano (Ama-no-Murakumo-no-Tsurugi). Los dos primeros tesoros se usaron para sacar a la diosa de su encierro en la caverna de Amano-Iwato, mientras que la espada fue encontrada por Susanoo en el cuerpo del dragón Orochi tras su combate con éste. Los tres objetos son ahora el tesoro imperial de Japón, guardado por la familia imperial hasta nuestros días. Por su importante valor, se ha ocultado siempre su ubicación exacta, pero es de conocimiento público que la espada se halla en el templo Atsuta de Nagoya, que el magatama está en el palacio imperial de Tokio y que el espejo se encuentra en el santuario de Ise, en la prefectura de Mie.

Acompañado por su hermana Uzume, Ninigi bajó a la Tierra para cumplir con su misión, y llegó al lugar donde ocho caminos se extienden hacia cada uno de los puntos cardinales. Mientras dudaban sobre la senda a elegir, apareció el temible guardián que protege el puente celestial. Ninigi se asustó mucho al verle, al contrario que Uzume, quien se mostró impasible. Sorprendido por la indiferencia de ésta, el guardián decidió ayudarles indicándoles el destino de los caminos. El joven dios quedó muy agradecido por su auxilio y le ofreció la mano de su hermana, que aceptó de buen grado.

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El príncipe Ōkuninushi era uno de los hijos de Susanoo, y está considerado como el dios de la agricultura, los negocios y la medicina. Tanto él como sus otros ochenta hermanos deseaban la mano de la princesa Yakami de Inaba. Mientras viajaban desde Izumo a Inaba para cortejarla, los hermanos se encontraron a una liebre despellejada tirada en la playa. Viendo al pobre animal, le dijeron que se bañara en el agua del mar y que se secara al viento de una montaña bien alta. La liebre creyó sus palabras y sufrió una terrible agonía. Ōkuninushi, que iba un poco más atrasado, la vio retorciéndose y le aconsejó que se diera un baño en agua fresca y se secara con polvo de enea, lo cual lo curó de inmediato. Sanado su cuerpo, la liebre reveló que era un dios y como muestra de gratitud le informó de que sería él quien prevalecería sobre sus rivales.

Las pruebas que pasó Ōkuninushi fueron muchas y estuvo a punto de morir dos veces a manos de sus celosos hermanos, pero en ambas ocasiones fue salvado por su madre, Kushinada. Perseguido por sus enemigos, se aventuró hasta el inframundo en donde se encontró con Susanoo y su hija, la princesa Suseri. Ante la aparición de éste, el dios decidió imponerle varias pruebas para comprobar su valía, como hacerle dormir en una habitación llena de serpientes o en otra llena de ciempiés y avispas. En otra ocasión, Susanoo disparó una flecha en un enorme prado y le ordenó que la buscara. Ōkuninushi consiguió encontrarla después de mucho buscar, pero en ese momento su padre prendió fuego al campo. Un ratón le enseñó un agujero donde esconderse, y así logró superar también esta prueba. Viendo que podía con todos sus retos, el astuto Susanoo aprobó su destreza y lo declaró vencedor sobre sus hermanos.

Sin embargo, Ōkuninushi se había enamorado de Suseri, quien le había ayudado a sobrevivir algunas veces, y ambos decidieron huir en secreto por la noche. Después de atar los cabellos de Susanoo a las vigas del palacio, cogió su arco y su koto y se marchó con su amada. Tan mala suerte tuvo que el instrumento rozó un árbol y lo hizo sonar, despertando al dios. Pese a todo, éste no se enfadó, sino que le ofreció sus armas para luchar contra sus hermanos. Ōkuninushi le pidió la mano de su hija y también que construyera un palacio al pie del Monte Uka, a lo que el padre aceptó. Así pues, Ōkuninushi se convirtió en el gobernante de la provincia de Izumo, que seguiría dirigiendo hasta la llegada de su sobrino Ninigi.

Aunque la tradición de Yamato atribuye la creación de las islas japonesas a Izanagi e Izanami, la historia de Izumo explica que fue Ōkuninushi, junto con un dios enano llamado Sukuna-hikona, quien terminaría la formación del archipiélago.

Estatua de Ōkuninushi en el templo de Izumo.

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Debido a su continuo mal comportamiento, el dios Izanagi exilió del cielo a su hijo Susanoo. Éste viajó hasta la provincia de Izuma, que actualmente forma parte de la prefectura de Shimane. No pasó mucho tiempo hasta que se encontró a un hombre de avanzada edad y a su mujer, llorando al lado de su hija. La pareja le explicó que en realidad tenían ocho hijas, pero fueron devoradas una cada año por un malvado dragón llamado Yamata-no-Orochi. El terrible monstruo poseía ocho cabezas y ocho colas, su cuerpo se extendía a lo largo de ocho colinas y se contaba que tenía ojos tan rojos como el vino. Kushinada, la joven junto a la que lloraban los ancianos, era la última de sus ocho hijas.

El dios les ofreció su ayuda a cambio de la mano de la chica. Los padres aceptaron y Susanoo transformó a Kushinada en una peineta, que escondió a salvo entre su pelo. Ordenó que construyeran una gran barrera alrededor de la casa, con ocho puertas en ella, ocho mesas en cada puerta, ocho cuencos en cada mesa, y cada cuenco lleno con ocho chorros de sake. Orochi llegó y se encontró el camino bloqueado, no consiguió atravesar la barrera a pesar de su altura. Su fino sentido del olfato notó la presencia del sake, la bebida que tanto le gustaba, y las ocho cabezas se hallaron en un dilema: querían beber el delicioso sake que les estaba llamando, pero la barrera se interponía en su camino, bloqueando cualquier forma de llegar hasta él. Una de las cabezas sugirió que echaran la zanja abajo, pero eso podría derramar la bebida y el esfuerzo sería en vano. Otra propuso que exhalaran su flamígero aliento y quemaran la barrera, pero entonces el sake se evaporaría…

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