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Posts Tagged ‘Amaterasu’

Aunque es una figura clave en los inicios de la historia de Japón, el personaje de hoy sigue siendo objeto de estudio en cuanto a si fue real o no. Kamuyamato Iwarebiko no Mikoto, más conocido con el título de emperador Jinmu, fue el primer emperador del país, nacido en el año 711 antes de Cristo. La casa imperial de Japón defiende su posición alegando que son descendientes de este mítico personaje, aunque los historiadores no han encontrado pruebas fehacientes de que existiera un antepasado real hasta la llegada de Kimmei (509-571 d.C.), 29º emperador.

Los dioses Hoori y Otohime tuvieron un hijo, Ugaya, que se casó con su tía y tuvo cinco hijos. Tiempo después, la familia decidió marcharse al este, ya que no pensaban que su actual hogar fuera adecuado para gobernar el país. El hermano mayor, Itsuse no Mikoto, fue quien lideró el viaje, y llevó al clan hasta el Mar Interior de Seto con la ayuda de un cabecilla local llamado Sao Netsuhiko. Sin embargo, al llegar a Naniwa (la actual Osaka), se encontraron con Nagasunehiko, otro cabecilla que se negó a dejarles pasar y que inició una lucha con ellos. Itsuse murió en el combate y el grupo se tuvo que retirar. Kamuyamato se dio cuenta que su derrota fue provocada por la posición del sol, que les daba de cara porque iban hacia el este. Así pues, el más pequeño de los hermanos decidió dar un rodeo hasta la península de Kii y desde allí ir hacia el oeste. Al llegar al pueblo de Kumano, el Yatagarasu, un cuervo de tres patas símbolo de la diosa Amaterasu, se ofreció a guiarles y así prosiguieron su periplo hasta Yamato.

Una vez allí, lucharon de nuevo contra Nagasunehiko y vencieron. Uno de los seguidores del cabecilla, Nigihayahi no Mikoto, salió a su paso al enterarse de la derrota de su maestro, pero al conocer al joven líder reconoció su valía y la autenticidad de su linaje divino. Así pues, Kamuyamato se asentó en la ciudad y accedió al trono de Japón, convirtiéndose en el primer emperador de Japón. Según las leyendas, murió a los 126 años, y fue entonces cuando recibió el nombre de Jinmu. Como decimos, su existencia lleva en entredicho desde hace mucho tiempo, pero eso no ha impedido que su nombre sea motivo de orgullo nacional. Hasta el siglo XIX, el gobierno japonés celebraba el Día del Emperador Jinmu el primer día del año, una festividad que fue derivando hasta convertirse en el actual Día de la Fundación.

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Hoy damos un gran salto en el tiempo para conocer a una de las figuras más importantes del folclore histórico japonés. El príncipe Yamato Takeru, nacido con el nombre de Ōusu, fue un legendario príncipe japonés del clan Yamato, así como un respetado monarca que tradicionalmente se considera como el duodécimo Tennō o emperador de Japón. Su historia se narra en las crónicas del Kojiki y el Nihon Shoki. Uno de sus hijos se convirtió más tarde en el emperador Chūai, el supuesto 14º emperador del país. Al igual que con Jimmu, su existencia histórica es incierta, pero los libros anteriormente citados fechan su vida alrededor del siglo cuarto antes de Cristo. Existen diferentes detalles entre los dos libros, pero se asume que la versión del Kojiki es la más fiel de la leyenda.

El príncipe Ōusu mató a su hermano mayor y su padre, el emperador Keikō, tuvo miedo de su brutal temperamento, por lo que trazó un plan para que muriera en batalla y lo envió a la provincia de Izumo. Sin embargo, el príncipe logró derrotar a sus enemigos, siendo una anécdota notable el hecho de que se disfrazara como sirvienta en una fiesta para infiltrarse y acabar con varios de ellos. Uno de los enemigos derrotados lo elogió y le dio el título de Yamato Takeru, que significa “el valiente de Yamato”, pero la decisión del emperador Keikō no cambió. Keikō envió a Yamato Takeru a las tierras de zona oriental, cuyo pueblo había desobedecido a la corte imperial. Allí el joven conoció a su tía, la princesa Yamato, que era la más alta sacerdotisa de Amaterasu en la provincia de Ise.

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Mucho tiempo después de la aventura de Ōkuninushi, Amaterasu le pidió a su nieto Hikono-no-Ninigi que gobernara el mundo terrenal y le otorgó los tres tesoros sagrados que poseía: el collar de magatama (Yasakani-no-Magatama), el espejo de bronce (Yata-no-Kagami) y la espada que le entregó su hermano (Ama-no-Murakumo-no-Tsurugi). Los dos primeros tesoros se usaron para sacar a la diosa de su encierro en la caverna de Amano-Iwato, mientras que la espada fue encontrada por Susanoo en el cuerpo del dragón Orochi tras su combate con éste. Los tres objetos son ahora el tesoro imperial de Japón, guardado por la familia imperial hasta nuestros días. Por su importante valor, se ha ocultado siempre su ubicación exacta, pero es de conocimiento público que la espada se halla en el templo Atsuta de Nagoya, que el magatama está en el palacio imperial de Tokio y que el espejo se encuentra en el santuario de Ise, en la prefectura de Mie.

Acompañado por su hermana Uzume, Ninigi bajó a la Tierra para cumplir con su misión, y llegó al lugar donde ocho caminos se extienden hacia cada uno de los puntos cardinales. Mientras dudaban sobre la senda a elegir, apareció el temible guardián que protege el puente celestial. Ninigi se asustó mucho al verle, al contrario que Uzume, quien se mostró impasible. Sorprendido por la indiferencia de ésta, el guardián decidió ayudarles indicándoles el destino de los caminos. El joven dios quedó muy agradecido por su auxilio y le ofreció la mano de su hermana, que aceptó de buen grado.

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Debido a su continuo mal comportamiento, el dios Izanagi exilió del cielo a su hijo Susanoo. Éste viajó hasta la provincia de Izuma, que actualmente forma parte de la prefectura de Shimane. No pasó mucho tiempo hasta que se encontró a un hombre de avanzada edad y a su mujer, llorando al lado de su hija. La pareja le explicó que en realidad tenían ocho hijas, pero fueron devoradas una cada año por un malvado dragón llamado Yamata-no-Orochi. El terrible monstruo poseía ocho cabezas y ocho colas, su cuerpo se extendía a lo largo de ocho colinas y se contaba que tenía ojos tan rojos como el vino. Kushinada, la joven junto a la que lloraban los ancianos, era la última de sus ocho hijas.

El dios les ofreció su ayuda a cambio de la mano de la chica. Los padres aceptaron y Susanoo transformó a Kushinada en una peineta, que escondió a salvo entre su pelo. Ordenó que construyeran una gran barrera alrededor de la casa, con ocho puertas en ella, ocho mesas en cada puerta, ocho cuencos en cada mesa, y cada cuenco lleno con ocho chorros de sake. Orochi llegó y se encontró el camino bloqueado, no consiguió atravesar la barrera a pesar de su altura. Su fino sentido del olfato notó la presencia del sake, la bebida que tanto le gustaba, y las ocho cabezas se hallaron en un dilema: querían beber el delicioso sake que les estaba llamando, pero la barrera se interponía en su camino, bloqueando cualquier forma de llegar hasta él. Una de las cabezas sugirió que echaran la zanja abajo, pero eso podría derramar la bebida y el esfuerzo sería en vano. Otra propuso que exhalaran su flamígero aliento y quemaran la barrera, pero entonces el sake se evaporaría…

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La poderosa diosa del sol, Amaterasu, es la deidad más conocida de la mitología japonesa. Sin embargo, la enemistad con su incontrolable hermano Susanoo es igual de famosa y aparece en varias historias. Una de ellas explica el mal comportamiento que tuvo con su padre, Izanagi. Éste, cansado de las repetidas quejas por su mala conducta, decidió desterrarlo al Yomi. Susanoo accedió a regañadientes, pero primero tenía que solucionar algunos temas pendientes. Primero fue a Takamagahara, el reino celestial, para despedirse de su hermana Amaterasu. Ésta sabía que su impredecible hermano no traía buenas intenciones y se preparó para un posible combate. «¿Por qué has venido?», le preguntó. «Para despedirme de ti», respondió Susanoo.

Pero la diosa no le creyó y le propuso una prueba para demostrar su buena fe. El reto consistía en ver quién creaba más y mejores hijos. Amaterasu cogió la espada de Susanoo y de allí nacieron tres hermosas mujeres, mientras que su hermano creó a cinco esbeltos hombres con la pulsera de ella. La diosa se declaró vencedora alegando que los hombres habían nacido de su ornamento; igualmente, Susanoo argumentó que las mujeres que habían salido de su espada eran mucho mejores.

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¿Qué tal os trata el nuevo año? ¿Habéis sobrevivido a la fiesta de Nochevieja? Nosotros queremos empezar el año con un poco de mitología, así que seguiremos desde donde lo habíamos dejado la última vez. Si recordáis, el dios Izanagi había ido a buscar a su amada Izanagi al inframundo, pero tuvo que salir por piernas para no quedarse allí atrapado. Tras su aventura en el Yomi, Izanagi fue a recuperarse y a purificar su cuerpo en unas fuentes cercanas. Al desnudarse y quitarse los adornos que llevaba, cada objeto que dejó en el suelo creó una nueva deidad. Otros muchos dioses nacieron cuando entró en el agua para lavarse, pero los más importantes salieron al aclararse la cara. Estos fueron: Amaterasu-ōmikami (encarnación del sol), que salió de su ojo izquierdo; Tsukuyomi-no-Mikoto (encarnación de la luna), nacido de su ojo derecho; y Susanoo-no-Mikoto (encarnación de las tormentas y gobernador del mar), que se creo de su nariz.

Izanagi decidió dividir el mundo entre ellos dándole a Amaterasu el control de los cielos; Tsukuyomi se encargaría de la noche y la luna; y el dios Susanoo obtendría el control de los mares. Tras subir la escalera a los cielos para ocupar su puesto, Tsukuyomi vivió en el reino celestial (también conocido como Takamagahara) junto a su hermana, la diosa del sol. Se cuenta que una vez, Amaterasu envió a Tsukuyomi como representante a un festín organizado por Uke Mochi, diosa de la comida.

La deidad creó la comida girándose hacia el mar y escupiendo un pescado. Luego miró hacia el bosque y salió carne asada de su ano, y finalmente cogió un cuenco y tosió una ración de arroz. Tsukuyomi quedó extremadamente disgustado por el hecho de que, aunque parecía exquisita, la comida había aparecido de una manera tan desagradable, por lo que mató a la divinidad. Amaterasu se enteró pronto de lo sucedido y se enfadó tanto que prometió no volver a ver nunca a su hermano, y entonces partió al otro lado del cielo. Ésta es la razón por la que noche y día no están nunca juntas. En algunas versiones posteriores del mito, fue Susanoo quien mató a Uke Mochi.

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El 11 de febrero es el Día de la Fundación Nacional (Kenkoku Kinenbi), una festividad que se celebra en todo el país para fomentar el amor por la nación entre los japoneses. En este día se celebraba inicialmente la subida al trono del emperador Jinmu, el primer emperador de la historia de Japón. Dicha celebración era conocida como “Kigensetsu” (Día del imperio). En 1872 entró en Japón el actual calendario gregoriano, y con él se determinó que el 11 de febrero del año 660 antes de Cristo fue el día de la entronización, al calcular la fecha del calendario solar correspondiente con el día registrado en el Nihon Shoki (Las crónicas de Japón, el libro de historia japonesa más antiguo junto al Kojiki).

El propio emperador Meiji instauró el Kigensetsu con la intención de remarcar su legitimidad como soberano de la nación, siendo que el legendario Jimmu era tataranieto de la diosa Amaterasu. Sin embargo, su vinculación con el shinto y especialmente con el imperio hizo que, terminada la Segunda Guerra Mundial, la fiesta fuera abolida por razones varias. Aún así, mucha gente protestó por la pérdida y en 1966 se volvió a convertir en fiesta nacional con el nombre de Día de la Fundación Nacional.

En contraste con otras festividades del país, e incluso con su predecesora, el Día fundacional no cuenta con muchas celebraciones. Se acostumbra a colgar la bandera del país en puertas y ventanas, y en algunas ciudades se realizan desfiles para conmemorar este día tan representativo. Por su carácter político, existe cierta controversia sobre si la fiesta debería seguir celebrándose, por lo que es muy raro ver a gente que exprese abiertamente signos de nacionalismo e incluso de patriotismo.

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El 11 de febrero es el Día de la Fundación Nacional, una festividad que se celebra en todo el país para fomentar el amor por la nación entre los japoneses. En este día se celebraba inicialmente la subida al trono del emperador Jinmu, el primer emperador de la historia de Japón. Dicha celebración era conocida como “Kigensetsu” (Día del imperio). En 1872 entró en Japón el actual calendario gregoriano, y con él se determinó que el 11 de febrero del año 660 antes de Cristo fue el día de la entronización, al calcular la fecha del calendario solar correspondiente con el día registrado en el Nihon Shoki (Las crónicas de Japón, el libro de historia japonesa más antiguo junto al Kojiki).

El propio emperador Meiji instauró el Kigensetsu con la intención de remarcar su legitimidad como soberano de la nación, siendo que el legendario Jimmu era tataranieto de la diosa Amaterasu. Sin embargo, su vinculación con el shinto y especialmente con el imperio hizo que, terminada la Segunda Guerra Mundial, la fiesta fuera abolida por razones varias. Aún así, mucha gente protestó por la pérdida y en 1966 se volvió a convertir en fiesta nacional con el nombre de Día de la Fundación Nacional.

En contraste con otras festividades del país, e incluso con su predecesora, el Día fundacional no cuenta con muchas celebraciones. Se acostumbra a colgar la bandera del país en puertas y ventanas, y en algunas ciudades se realizan desfiles para conmemorar este día tan representativo. Por su carácter político, existe cierta controversia sobre si la fiesta debería seguir celebrándose, por lo que es muy raro ver a gente que exprese abiertamente signos de nacionalismo e incluso de patriotismo.

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